Los ingleses atacan Colonia el 6 de enero

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Por Ricardo Lesser, historiador

  • Las primeras invasiones inglesas al Río de la Plata

A don Pedro lo aquejan de nuevo las fiebres tercianas. No sabemos si esta vez delira batallas heroicas. Sólo tenemos noticias de unas velas blancas que rompen la monotonía parda del Río del Plata. Las tales velas vienen de lejos.

Ocurre que, hace algún tiempo, coinciden en una taberna de Londres un tal Joseph Reed y un capitán llamado John Mac Namara. Después de unas cuantas pintas de oscura cerveza tibia, Reed baja la voz para hablar de las fabulosas minas potosinas de plata que están allí, al alcance de la mano. Para quien conoce bien las arenas del Plata como yo, alardea, es facilísimo entrar y salir del país. Y cómo lo sabe Su Merced, pregunta Mac Namara. Casi cinco años trabajé en la Real Compañía del Asiento de Negros de Buenos Aires, responde. Y la guarnición militar, inquiere el capitán. No hay tropa alguna, declara el marinero. 

La guerra es una empresa privada que hacen las naciones. Al menos así es en Gran Bretaña desde las épocas admirables de la reina Elizabeth llamada la Primera. No es extraño, pues, que el cometido de apropiarse de la cuenca del Plata sea un emprendimiento de la Eastern Indian Company, la antigua Bolsa Real de Comercio. Tampoco que la iniciativa sea financiada por suscripción pública, como corresponde. 

Un grupo de nobles británicos y de comerciantes, dice un inglés, llegó a la conclusión de que un ataque contra Buenos Aires podía ser útil a la nación y productivo a los aventureros. No hay manera más delicada de decirlo.

Gran Bretaña interviene discretamente en la empresa. El Almirantazgo vende a Mac Namara, suponemos que a un precio acomodado, el navío Lord Clive (que lleva el apellido de un empleado de la Eastern, el barón Clive de Passey, fundador del imperio en la India), con cincuenta cañones, y la fragata Ambuscade(Emboscada, un nombre que se las trae), con veintiocho. El capitán aumenta la artillería hasta ciento catorce fuegos entre ambas naves, ventajas de la iniciativa privada. 

La somera flota zarpa rumbo a Lisboa. Allí Mac Namara recibe patente de jefe de la escuadra y sus oficiales las que corresponden a su grado para que sean tenidos como si fueran vasallos de Su Majestad Fidelísima. También les dan las cartas para que saquen del Brasil las embarcaciones y las tropas que necesiten. En Río del Janeiro, en efecto, se les suman un navío de setenta cañones, seis bergantines bien tripulados y seiscientos soldados. 

A fines de diciembre de 1762, la armada entra en el estuario. Son tres naves artilladas con ciento ochenta cañones, dos fragatas con sesenta y ocho, seis bergantines y mil trescientos hombres de guerra. Y un poeta, Thomas Penrose, que abriga la ilusión de alcanzar la celebridad cantando las hazañas de la escuadra.

El almirante Mac Namara pasa de largo el puesto de Maldonado, va en busca de la Colonia, a la que supone en manos amigas. Pero, a la altura de Montevideo, apresa una lancha y se entera de que la plaza se ha rendido a Cevallos. La inesperada novedad lo confunde. Toma partido de saquear a Buenos Aires para lo cual sondea el río, pero no encuentra paso por el canal del sur. 

En el puerto de la Colonia, está anclada la marina española a las órdenes del teniente de navío Carlos José de Sarría. La flaca escuadra está formada por la fragata Victoria, el navío mercante Santa Cruz y el aviso San Zenón, armadas las tres embarcaciones y en plan de guerra. 

En Nochebuena, el inglés cavila asaltar los navíos españoles para quitarse el estorbo. Destaca para ello seis botes pero son vistos desde la isla San Gabriel y las propias embarcaciones, que con sus fuegos desbaratan el intento. Ante el fracaso, los invasores retroceden a Montevideo, donde reclutan a un práctico que asegura que puede entrar, sin embarazo, las embarcaciones al fondeadero. Regresan, pues.

En el ocaso, el teniente Sarriá ve con su catalejo que la armada enemiga fondea en las proximidades del puerto sin entrar en él. Quién sabe qué le pasa por la mente al bravo marino, el caso es que espera que se cierre la noche y se da a la fuga. Como fuere, deja a los invasores dueños de fulminar a gusto. 

En las primeras horas del 6 de enero, conocido que el viento y la marea le son favorables, la flota ataca formalmente la Colonia. A la vanguardia, la nave insignia Lord Clive al mando de Mac Namara, escoltándola la fragata Ambuscade bajo el comando del segundo, William Roberts, y, a la retaguardia, la portuguesa Gloria. Los músicos tocan marchas militares a bordo. Los marineros lucen uniformes nuevos. Está todo pronto. Los bajeles dan fondo y hacen el más vivo fuego. 

Don Pedro, que anda de tercianas, no sabe si delira o no. Sus tropas son ralas, las ha tenido que dispersar entre Montevideo y el Maldonado. Corre entre las baterías diciendo a los bisoños artilleros cómo disparar. Exhausto de andar de un lado al otro, monta a caballo y trota entre los cañones. Los tiros de los corsarios, gracias a Dios, le pasan por encima porque están en terreno bajo. Nueve horas dura el fuego, vivísimo. 

A las cuatro de la tarde, una bala de hierro, que reposa en un montón de otros proyectiles, es puesta con esfuerzo en la boca de una pieza de artillería cualquiera. El artillero enciende la mecha. El fuego entra por el oído del cañón y llega a la carga en un instante. La pólvora deflagra, los vapores empujan hacia arriba la bala que describe una parábola perfecta. Y cae, fatal, sobre la popa del Lord Clive

Es apenas una bala al azar pero hace que la nave capitana arda tan rápidamente que, tres minutos después, ya está encendido el velamen y las obras superiores. El incendio es inextinguible. El único asilo de los marineros es el agua y al agua se echan. Los otros navíos no pueden hacer otra cosa que retirarse. El capitán John Mac Namara se deja quemar deliberadamente a la vista de todos en el medio de su navío.

La pólvora del Lord Clive se incendia a las ocho de la noche. Como todas las cubiertas se han quemado, revienta sin gran estrépito porque no encuentra la resistencia del maderamen. El fuego vuela en forma piramidal. La nave capitana se muere con un sofoco de maderas que chirrían al hundirse en el agua marrón del Río de la Plata.

El bueno de Sarriá no ataca a la maltrecha Ambuscade que huye. Abandona la fragata a su mando y se dirige con otros oficiales a la isla que llaman del Inglés, vaya ironía. Al día siguiente, inexplicablemente, envía orden para que la artillería sea echada al agua y se abran rumbos en la nave de su mando para que se vaya a pique. 

La contabilidad de la guerra es odiosa. Pero, a veces, los arqueos son elocuentes por sí mismos. Pues bien, éste es el recuento: en el Lord Clive perecen, por fuego o por agua, trescientos cuarenta marineros y ochenta en la fragata Ambuscade. En la Colonia hay cuatro muertos: un teniente de dragones, tres indios y un negro; naderías.

(Fragmento de La última llamarada. Cevallos, primer virrey del Río de la Plata, Ricardo Lesser. Biblos, Buenos Aires, 2005)

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