Lecturas: Cita a ciegas (partes 1 y 2)

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Sentado a la mesa de un bar clásico y moderno de la avenida Callao, esperando a una mujer que no conocía, que había contactado por un sitio de internet, de esos que calman soledades, observaba como un hombre montado a una escalera iluminaba un cuadro abstracto. De pronto su mirada quedó fija en el cuadro, lo sintió tan abstracto como su vida, las formas indefinidas le producían sensaciones que no podía entender, iban directamente a su inconsciente, sin embargo, el color amarillento lo remontó a lo viejo, a lo antiguo, a lo que no resultó como lo había soñado. Pensaba en su historia y rescataba algunos momentos en que había alcanzado con placer cierto goce para vivir los pasajes maravillosos que por un tiempo le habían dado sentido a la existencia, pero se preguntó si eran suficientes con lo vivido, si servían para llenar todos los espacios que apuntaban desde ese día, hasta aquel en donde entrara a la apacible eternidad, si es que existía.

A modo de los jugadores empedernidos apostaba todas sus fichas a ese encuentro, porque no, se decía, a veces, aunque pocas, la suerte va con uno y lo deseado sucede. Dejó de lado sus fracasos, era fiel creyente de que todas las trabas que le negaron la felicidad fueron porque la vida lo estaba cuidando de algo. La fe, la confianza y el estar seguro que no merecía el infierno, lo colocaban optimista en la sintonía de la necesidad de vivir con el corazón palpitante, ese mismo privilegio que le había dado, tiempo atrás, sabor a la absurdidad de la vida.

Quizá ese encuentro algo le depararía. Ese algo que lo pudiera sorprender. Una boca sugerente, una boca que a modo de premonición le sonriera con la dulzura que da la esperanza. Pensó que haber llegado al futuro le sirvió para acumular la experiencia necesaria para saber lo que pretendía, pensó que no era ni mucho ni poco, simplemente, lo que él quería era una alegre compañera para compartir el resto de la vida. Le pidió al destino que sin tardar mostrara sus cartas, confiado que con más de sesenta años las barajaría mejor.

Ella a dos cuadras de la cita, imaginaba con ilusión la escena del encuentro. Ponía en su cabeza la mejor versión de su deseo…

Cita a ciegas ll

…Mientras esperaba, pensó en su historia, no tenía nada de que arrepentirse, nadie lo podría juzgar, al fin y al cabo si había estado todo bien o todo mal, en el último tramo del camino de una vida es algo tan efímero como el recuerdo de alguien muerto tiempo atrás, ¿A quién le importa?. Se sintió solo.

Ella entró al bar. Él la miró, le sonrió y, como si se conocieran desde siempre se saludaron alegres de haberse encontrado.

Por alguna misteriosa razón, que seguramente tiene que ver con lo indescifrable, las vibraciones de sus historias revolotearon inquietas por el bar. Ellos se olvidaron de sus memorias recientes y se cuidaron de sus deseos inmediatos, los dos sintieron que habían dado en la tecla.

Porque los dos todavía se permitían soñar. Se olvidaron de sus fracasos que les habían dejado profundas marcas pero también la sabiduría de que con el tiempo se aprende a querer mejor y a menos gente.

Él, decidió dejar de lado lo repetitivo de su pasado, rechazaba la idea de encontrar a la misma mujer que había dejado con distinto cuerpo, quería algo diferente. Pensaba que lo que siempre vio a través del velo de su propia cultura le resultaba mezquino y era poco en relación a lo que el mundo podía ofrecerle y decidió que era el momento de desaprender. Mientras la miraba el ruido del hielo en su vaso le parecía música.

Ella no quería caer en una nueva construcción, sino más bien escuchar al destino con la idea de seguir a la sutil exigencia de la piel, que con el corazón palpitante le dictaba que era capaz de asumir el nuevo compromiso, y la dejaba dispuesta a celebrar nuevamente la vida, aún en el sufrimiento. Había sentido que en la misma desesperación se puede engendrar alegría.

Él le tocó la mano. Ella con los ojos brillosos solo atinó a sonreír…

Chacho Bigio

Chacho Bigio

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