Poesia: Oscar Corbacho, un poeta de Carmelo

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Oscar Corbacho nació en Carmelo en 1922 y murió en Buenos Aires, en 2015. Cuando tenía seis meses, su familia se trasladó a Buenos Aires, regresando a Carmelo cada verano, a pasar las vacaciones.  Su padre, Ángel Abelardo Corbacho,  también poeta,  había publicado en Carmelo su libro “Tempraneras”, en 1906.  Oscar creció  en Buenos Aires, donde estudió  literatura y filosofía, trabajó como crítico literario en  los periódicos  Clarín y La Nación, y fue creativo publicitario.

Publicó varios libros de poesía por los que recibió diversos premios: Un domingo por semana (1971), Confesión espontánea (1972), Orden del día (1974), Poetas juntos (con Fernando Sánchez Sorondo y Héctor G. Solanas, 1979), Antes que nada (2008) y De repente sonetos (con Alfredo De Cicco, 2013). También,  un libro en prosa: Blas y nueve cuentos (2011). 

Carmelo

El arroyo transcurre por su flanco

como una leve lengua por la herida.

En las calles el tiempo se suicida

sobre un silencio casi todo blanco.

El campo roe con su corto tranco

la sustancia del pueblo. Desteñida,

la noble plaza es una luz dormida.

El cerro, un desconsuelo de barranco.

Aquí están sus riberas, sus arenas,

su islote vegetal flotando apenas:

la vecindad sutil de la distancia.

Aquí está, segregado del olvido,

en un rincón del tiempo repetido,

este viejo juguete de la infancia.

(De Orden del día, 1977)

Viernes

La niebla es un pájaro caído sobre la ciudad.

Todos conocemos su valor testimonial

y su silencio imprescindible

durante los días que preceden a las anunciaciones,

las fiebres o los tormentos.

Ahí está, untuosa como una persecución,

aplastándose contra la brea del puerto,

abrumando los vidrios, uniformando banderas.

Ahí está,

atardeciendo la tarde,

atardeciéndola a más no poder

a pesar de ser viernes a las 6 de la tarde.

Esperanza

Estoy casi seguro de que, en algún sitio,

existirá algún campo

con un puño de árboles lejanos

sobre la casa vieja y el silencio estruendoso

en esta hora luminosa de la siesta

y habrá un molino girando distraído

y una asunción de perros

y un camino rebotando en la tranquera.

En algún sitio andará libre el aire, digo,

los pájaros lo cruzarán

despavoridos de alegría.

En algún sitio dejaré de estar

dentro de una oficina,

dentro de un colectivo,

dentro de una discusión,

dentro de una ciudad desaforada.

En algún sitio estaré yo, fuera de aquí,

fuera de mí.

Ya sé

Ya sé que esto no es serio ni maduro,

que sigo carcomido por episodios personales,

asediado por mi cédula de identidad,

que no puedo salir de mi pequeña historia.

Ya sé que debería ser trascendente,

hablar de cosmogonías,

aconsejar al hombre,

ayudarle a ver el mundo

y a usar la poesía como una fórmula

de conocimiento

o una ciencia posible

o una estrategia para llegar a Dios.

Ya sé que debería inventar un mundo predilecto,

una especie redentora

o un estandarte de sabiduría.

Pero temo salir de mí

y, al regresar, no encontrarme.

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